o estamos flotando como una pluma en la brisa...”
Forrest Gump
Había oscurecido. Las paredes del cuarto, pintadas torpemente con colores fucsia y morado, parecían extenderse con un velo de luto hacia la calle deshabitada. La acera estaba vacía, sólo un basurero reposaba en el cemento, abierto y con moscas hambrientas circundando los restos y desperdicios que la gente arrojaba al pasar.
Fijó la mirada en el vaso de agua. Hacía tres días que estaba sobre la vieja mesita de noche ubicada en la esquina, el polvo se había unido a la humedad del vidrio formando una capa negra de mugre.
Oh cristal, cristal herido -decía
Llovía. Las sábanas blancas seguían tiradas sobre el suelo de madera. Había una pequeña vereda por dónde andar, entre los restos de basura y papeles arrugados. Los libros, ordenados alfabéticamente sobre el estante, representaban un universo de orden paralelo en relación al resto de los objetos del cuarto desordenado.
Un mundo patas arriba –pensó, citando a Galeano.
Buscó el libro en la letra “G”, lo tomó en sus manos, pero no quiso abrirlo. Fue al baño, en el espejo se dibujaba su rostro adusto. Tenía las cejas pequeñas y sus ojos color miel descansaban sobre un montículo de piel morada formado por noches enteras de insomnio. Los labios resecos y la lengua blanca, y los lunares en el cuello, le representaron un retrato cadavérico. Se imaginó a cierto monje moribundo que había vivido en la Edad Media, castrado por amor, y que al final terminó recluyéndose en una vida mística y solitaria hasta su muerte. Salió sin cerrar la puerta del baño y se dirigió de nuevo a la cama sin hacer. Cerca de la almohada desfundada, estaba un libro. Lo abrió y continuó con la lectura que había emprendido hacía un par de días. Leía y las frases retumbaban estrepitosamente en sus sienes, como truenos en una tormenta.
"Las noches están llenas de viento y destrucción; los árboles se agachan y se inclinan y sus hojas vuelan atropelladamente hasta que cubren el césped, se amontonan en las cunetas, atascan los canalones y se desparraman por los senderos húmedos. También el mar se agita y se rompe…” leyó.
No podía continuar, quiso pararse al lado de la ventana pero le costaba estar de pie, la debilidad por tantos días en reclusión hacía que las piernas le tambalearan. Hubiese querido dar más, mucho más. Ahora se había abandonado a la desidia. Era tarde. Todo había pasado.
Hace falta un balcón –pensó
Abrió el armario, en busca de fuerzas para vivir, y sacó un abrigo de lana, color café. Volvió a la cama, y se recostó con el abrigo puesto. Quería dormir, y no podía. Quería vivir o morir, y sabía que no tenía para sí una elección.
Ya no llovía. De pronto amaneció. Vio cómo el sol chocó en la puerta angosta de madera, se fueron formando reflejos a contraluz, y sintió cómo el corazón se había vuelto su enemigo en el pecho.
Pensó en ella. Pensó en la creación de Dios, en el centro de la ciudad los domingos por la tarde con la plaza solitaria y adornada con las palomas que tristemente esperaban granitos de arroz y maíz; en la banca donde por primera vez se habían besado; en los mares profundos que había conocido y en las playas de arena y caracol; en las carreteras de la frontera; en los altos bosques de pino y en el olor a tierra mojada; en las ramas de cerezo abundantes en los suelos húmedos del sur; en los prados de su pueblo natal por donde paseaban las carretas con paja; en el jardín de rosas en su casa de la infancia; en el recuerdo de la sonrisa primera que brilló en aquel pasillo ancho; en el rocío de las montañas de El Suyatal que congelaba las narices en las madrugadas cuando se hacían los cortes del café; en la última noche y el último abrazo al lado de la calle. Pensó en ella. Ya no estaba.
Siempre supe que su luz no era sólo luz –dijo en voz baja, casi en susurros
El cielo ya no era su aliado. Estaba afuera, amplio y azul, un azul virgen y fresco como el de siempre en las mañanas. Los árboles se movían lentamente. La calle de pronto fue llenándose de gente y ruido de motores. Cerró la ventana y corrió la cortina. Regresó a la cama. Sólo tenía fuerzas para combatir con los espacios vacíos del colchón. Espacios que dibujaban su silueta, la de ella, delgada como una pluma. Ahogó su rostro en la tela de la colcha, en su intento de evitar la realidad que estaba afuera.
Hoy no me levanto de la cama, hasta el viernes yo me quedo aquí –murmuró, y siguió esbozando esa melodía en su memoria.
Ya no estaba. Pero era una idea que aún no acogía en sus costumbres. Se había sumido en una rutina de espera. Esperando con desesperanza lo que no vendría. Esperando con ese dolor agudo que persiste en la conciencia de un ser desesperado. Cartas, fotos, botellas, páginas de diario, sonidos, flores. Todo regresaba ante su vista con una minuciosidad monstruosa. Mirarla y entregarse por completo, era la oración que repetía.
Abría y cerraba la ventana, emulando el ansia de quien aguarda una llegada, una cita, un encuentro nuevo y bañado de pulcritud. Se sentó en la esquina más cercana y observó el techo por largo rato. El candil colgado llevaba encendido tres días, y parpadeaba con amargura, peleando con su brillo artificial contra la luz del día.
Comenzó a balbucear con la dificultad de una fiera desahuciada. El hambre y la sed habían pasado a un segundo plano, desplazados por el hastío, por la nostalgia, por la soledad del cuarto, por la amargura de la muerte.
“Nos encontraremos, de nuevo nos encontraremos. En tardes como esta nos amaremos. Abriremos la cortina y lo de afuera no semejará la nada. Bailará el viento y nos amaremos.” -murmuró.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
De pronto, el silencio. Las horas se aletargaron en un minuto y contempló la medida de su amor con la sombra que iba desapareciendo en el crepúsculo. Pudo sentirlo, el viaje al tocar fondo, la marejada del tiempo, la fiebre en el corazón. El manifiesto final se había esclarecido en su mente. Lluvia, frío, sucio, luz, nada pasaba en el cuarto más que una imagen clara de aquel rostro. Tomó aliento y la pensó nuevamente.
Su voz estaba hecha de hebras humanas:
-
Sólo yo entiendo lo lejos que está el cielo de nosotros. Pero conozco cómo acortar las veredas. Todo consiste en morir...